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Religión y deidades



Desde que los mayas cambiaron su vida errante por la vida sedentaria, su religión sufrió cambios respectivos. Fue al principio seguramente un culto sencillo a la naturaleza, una personificación de las fuerzas naturales que los rodeaban y cuyo juego continuo constituía el marco dentro del cual los mayas tenían que vivir su vida de tribus nómadas. Aquella religión requería de una muy poca organización formal, y no necesitaba del sacerdocio, ni de un complicado ritual, ni siquiera de lugares dedicados especialmente a su culto. Cada jefe de familia era con seguridad el sacerdote de la misma, y el templo familiar una modesta choza cercana a la habitación también provisional de la familia. Más tarde se introdujo la agricultura, lo que trajo como consecuencia las habitaciones permanentes y mayor tiempo disponible. La religión se fue organizando y los dioses se especializaron. Se creó así un sacerdocio que tenía como función propia interpretar ante el pueblo la voluntad divina, surgiendo entonces la necesidad de levantar santuarios más formales; y la religión se convirtió en ocupación de unos cuantos. La residencia fija hizo posible levantar centros ceremoniales más permanentes y estimuló la erección de santuarios más atrevidos, y el desarrollo de un ritual más complicado. Durante los siglos que transcurrieron entre la introducción de la agricultura y la invención del calendario, la religión maya permaneció en el mismo estado, transformándose lentamente, a medida que se creaban los dioses individualizados, un sacerdocio incipiente, un ritual más rico y santuarios más formales, aunque todavía no fabricados de piedra.
Luego de la introducción del calendario, la cronología y la escritura, invenciones todas de los sacerdotes, la religión maya sufrió importantes modificaciones. Juzgando el aspecto pacífico que presentan en general las esculturas de la Época Clásica, la religión maya en este período debe haber sido una fe augusta y majestuosa y no degradada, como lo fue en la época, por sacrificios humanos en masa. Así como la Época Clásica fue la edad de oro de la cultura maya, fue también el período más noble de la región maya, antes de que las creencias prácticas religiosas hubieran descendido a la categoría de orgías de sangre.
Cosmogonía y carácter


El creador del mundo, según la creencia maya, fue un dios llamado Hunab Ku, que fue padre de Itzamnà, el Júpiter maya: de Hun, uno, Ab, existir, y Ku, dios. Este dios creador estaba tan remoto y alejado de la vida, que parece haber figurado poco en la vida de la gente del pueblo. Según el Popol Vuh, o libro sagrado de los mayas-quichès de las tierras altas de Guatemala, el creador hizo del maíz la humanidad.
La religión maya tiene una fuerte tendencia dualística, la eterna lucha entre las influencias del bien y del mal sobre el destino del hombre. Los dioses benévolos producen el trueno, el rayo y la lluvia, hacen fructificar el maíz y garantizan la abundancia; los dioses malévolos, cuyos atributos son la muerte y la destrucción, causan la sequía, los huracanes y la guerra, que arruinan el maíz y traen en su seno el hambre y la miseria. La lucha entre estas dos potencias está pintada en los códices donde Chaac, el dios de la lluvia, aparece cuidando un árbol joven, mientras que, detrás de él, viene Ah Puch, el dios de la muerte, y rompe el árbol en dos. Invocaban y aplacaban a los dioses de diferentes maneras. Todas las ceremonias importantes comenzaban con ayunos y abstinencias, que observaban escrupulosamente, y se consideraba como bravísimo pecado quebrantarlos. Estas purificaciones preliminares, que incluían la continencia sexual, eran obligatorias para los sacerdotes y los que los ayudaban directamente en las ceremonias, pero voluntarias para los demás. Los sacrificios eran parte importante del culto entre los mayas y abarcaban desde sencillas ofrendas de alimentos, toda clase de ornamentos y otros objetos valiosos. Los mayas creían en la inmortalidad del alma y en la vida de ultratumba. Los que se suicidaban ahorcándose, los guerreros muertos en la batalla, las mujeres que morían de parto y los sacerdotes que abandonaban este mundo, se iban directamente al paraíso maya.
Pintaban el paraíso como un lugar deleitoso donde no existìa el dolor ni el sufrimiento, y había abundancia de comida y bebidas, donde crecía el yachè, árbol sagrado de los mayas, bajo cuyo sombra podían descansar y holgar eternamente. En cambio, aquellos que habían llevado mala vida descendían a la religión inferior llamada Mitnal, el infierno de los mayas, donde los demonios los atormentaban con el hambre, el frío, el cansancio y la tristeza. Hunhau, el señor de la muerte, era tenido como el príncipe de los demonios y presidía sobre este infierno sin fondo. Creían que ni el paraíso ni el infierno tenían fin, puesto que el alma misma no podía morir, sino que tenía que seguir su peregrinación eternamente.
El panteón maya


Itzamnà, señor de los cielos
Hijo de Hunab Ku, se destacaba a la cabeza del panteón maya. Aparece representado como un viejo de mandíbulas sin dientes y carrillos hundidos. Era el patrono del día Ahau, el último y el más importante de los veinte días mayas. Era el señor de los cielos, la noche y el día. Se dice que fue el primer sacerdote, el inventor de la escritura y de los libros, que dio a los lugares de Yucatán el nombre con que se conocen y que dividió a las tierras en esa región. Estas actividades indican que el culto de Itzamnà no tuvo su origen en Yucatán, sino que fue traído de alguna otra parte.
Como primer sacerdote e inventor de la escritura, Itzamnà es claramente un dios cuyo origen se remonta a los principios de la historia maya, y que probablemente estuvo siempre a la cabeza del panteón de aquellas gentes. Durante las importantes ceremonias relativas al Año Nuevo maya, Itzamnà era invocado para que evitara las calamidades públicas. Era una deidad benévola, siempre amiga del hombre y nunca se ve asociado su nombre con la destrucción o desastre; y nunca aparece en los códices acompañados de los símbolos de la muerte.



Chaac, dios de la lluvia
Está representado en los códices con una nariz larga y dos colmillos enrollados que se salen de la boca hacia abajo. Era una divinidad universal de primera categoría, y si fuéramos a juzgar únicamente por el número de sus representaciones en los códices, tendría que considerarse como más importante que Itzamnà.
De igual manera que Itzamnà estaba asociado con el dios del viento. En realidad, el dios del viento puede ser únicamente una manifestación del dios de la lluvia, y es posible que no haya tenido existencia separada.



El dios del maíz
Se le representa siempre como un joven y algunas veces como una mazorca de maíz como ornamento de la cabeza. El jeroglífico de su nombre es su propia cabeza que se resuelve en su parte más alta en una mazorca de maíz muy estilizada y cubierta de hojas. Era el patrono de la labranza, y los códices lo representan ocupado en gran variedad de trabajos agrícolas. Personificado por un sacerdote, aparece algunas veces regando granos de este cereal sobre la cabeza de la madre tierra. Lo mismo que el maíz que simboliza, tiene muchos enemigos y su destino estaba sujeto a los dioses de la lluvia, la sequía, el hambre y la muerte.
Aunque su nombre específico como dios del maíz es desconocido, su identidad parece haberse confundido en los últimos tiempos de la Época Postclàsica con la de una deidad agrícola más general que conocían con el nombre de Yum Kax, y por lo menos algunas de sus funciones fueron asumidas por el más poderoso Chaac. De igual manera que Itzamnà y Chaac, era una deidad benévola, un dios de la vida, la prosperidad y la abundancia.



Ah Puch, dios de la muerte
Tiene por cabeza una calavera, muestra las costillas desnudas y proyecciones de la columna vertebral; si su cuerpo está cubierto de carne, ésta se ve hinchada y cubierta de círculos negros que sugieren la descomposición. Accesorios imprescindibles del vestido del dios de la muerte son sus ornamentos en forma de cascabeles. Estos aparecen algunas veces atados a sus cabellos o a fajas que le ciñen los antebrazos y piernas, pero más a menudo están prendidos de un collar en forma de gililla. Estos cascabeles de todos tamaños fueron encontrados en grandes cantidades durante el dragado del Pozo de los Sacrificios de Chichèn Itzà, se supone que en el lugar donde habían sido arrojados con las víctimas inmoladas. En el caso de Ah Puch, estamos frente a una deidad de primera clase, como lo prueban las representaciones de los códices.
Como jefe de los demonios, Hunhau reinaba sobre el más bajo de los nueve mundos subterráneos de los mayas, y aun hoy creen los mayas modernos que bajo la figura de Yum Cimil, el señor de la muerte, merodea en torno a las habitaciones de los enfermos en acecho de su presa. Es una deidad malévola, su figura está asociada frecuentemente con el dios de la guerra y de los sacrificios humanos, y sus constantes compañeros son el perro, el ave Moán y la lechuza, considerados como criaturas del mal agüero y de muerte.



Xaman ex, dios de la estrella polar
Se le representa siempre con la cara de nariz roma y pintas negras peculiares en la cabeza. No tiene más que un jeroglífico de su nombre, su propia cabeza que se ha comprado a la del mono. Esta cabeza es también el jeroglífico del punto cardinal norte, lo cual tiende a confirmar su identificación como dios de la estrella polar. La naturaleza de su aparición en los manuscritos indica que ha de haber sido la personificación de algún cuerpo celeste importante. Era una deidad benévola; se la encuentra asociada con el dios de la lluvia y era probablemente el patrono del día Chuen.



Ek Chuan, el capitán negro de la guerra
Tiene un labio inferior grueso y colgante y aparece generalmente pintado de negro, el color de la guerra. El jeroglífico de su nombre es un ojo con un aro negro. Parece haber tenido un cadáver doble y un tanto contradictorio; como dios de la guerra era malévolo, pero como diosa de los mercaderes ambulantes era propicio.
En el carácter primeramente indicado aparece con una lanza en la mano, a veces combatiendo y aun vencido por otro dios de la guerra. Se lo ha visto junto a Ixchel, armado de jabalinas tomando parte en la destrucción del mundo por el agua. Como un dios favorable aparece con un fardo de mercancías sobre la espalda, semejante a un mercader ambulante y en algún lugar se le muestra con la cabeza de Xamán Ek, dios de la estrella polar,”guía de los mercaderes”.



El dios de la guerra, de los sacrificios humanos y la muerte violenta
Esta deidad se representa siempre en relación con la muerte. Su característica constante es una línea negra que le rodea parcialmente el ojo y se prolonga hacia abajo sobre la mejilla. Su propia cabeza, con el nro 11 enfrente, es el jeroglífico de su nombre.
Se le muestra algunas veces en compañía del dios de la muerte en escenas de sacrificios humanos. Es también un dios de la guerra por derecho propio, y se le ve incendiando cosas con una antorcha en una mano, mientras que con la otra, armada de una lanza, las echa por el suelo. El concepto de un dios de la guerra y de un dios de la muerte mediante la violencia y los sacrificios humanos parecen combinarse en esta deidad.

El dios del viento, posiblemente Kukulcan
Aparece raras veces en los códices, habiendo por todo menos de una docena de representaciones del mismo y ni una sola en el códice TRO-Cortesano, un manuscrito de los últimos tiempos de la época Postclásica.

Ixchel, diosa de la inundaciones, la preñez, el tejido y tal vez de la luna
Era un personaje importante del panteón maya, aunque preferentemente poco amiga del hombre. Aparece como la personificación del agua como elemento de destrucción, de las inundaciones y torrentes de la lluvia. Se la representa generalmente rodeada por símbolos de la muerte y destrucción, con una serpiente retorciéndose sobre su cabeza y huesos cruzados bordados en su falda.
Parece haber tenido también un lado bueno; era la consorte de Itzamná, señor del cielo, y mientras su marido se muestra algunas veces +como el dios del sol, ella parece haber sido la diosa luna. Era también la patrona de la preñez y la inventora del arte de tejer.



Ixtab, diosa del suicidio
Los antiguos mayas creían que los suicidas se iban directamente al paraíso. Tenían una diosa especial que era la patrona de los que se habían privado de la vida ahorcándose; la llamaban Ixtab, diosa del suicidio. Puede verse esta diosa en el códice de Dresde, donde aparece pendiente del cielo por medio de una cuerda que está enrollada a su cuerpo. Tiene los ojos cerrados por la muerte, y en una de sus mejillas un círculo negro que representa la descomposición de la carne.